1 de mayo de 2011

El club de las suicidas

Cualqueir simlitud con la película de Sofía Coppola no es mera coincidencia, es pura inspiración.
 
Los samuráis deshonrados se clavan un sable de honor. Los desasosegados saltan al vacío desde un piso quince. Los depresivos se tragan un puñado de somníferos y esperan el final. Y los desesperados se arrojan bajo un tren en horas pico, como un acto final para llamar una última atención. Todo eso sabía Rocío de memoria. Lo había visto en películas, leído en libros y era el único teman del que hablaba con sus compañeras de colegio.

Parecía imposible que esas seis niñas que se juntaban bajo la escalera del Nacional Nº2 solo hablaran de muerte. Era un juego. Esto también lo sabía Rocío. Un juego como el que practicaban las de sexto en la otra punta del patio, saltando una cuerda que giraba como un reloj y que condenaba a una lluvia de golpes y patadas a quien tocara. Ese era un juego cruel, admitían sus amigas de quinto, pero incomparablemente menor con la seducción de una muerte con la que soñaban, y que dedicarían a sus padres y a una maestra inflexible, por embutirles la vida en una suerte de normalidad sin gracia.

Por eso, cada vez que sonaba el timbre que las llamaba al recreo, el grupo de Rocío formaban una ronda estrecha bajo la escalera del colegio y a ojos de los superiores no hacían más que hablar de chicos, novelas o enemistades con las de sexto o séptimo. Pero no era así. Había que estar cerca para saber qué secreteaban. A Rocío le había costado mucho esfuerzo pertenecer, pero al franquear la barrera tuvo derecho a entrar en ese círculo en que hablar de suicidios y suicidas era como cambiar las figuritas que los más chicos jugaban en el patio: conocer los detalles más sórdidos de una muerte o el grado de sobredosis con que había puesto fin a su brillante carrera un músico lindo con el que todas soñaban o habían soñado. Sólo así levantaban cabeza en el grupo y se ganaban la admiración de las otras.

Precisamente esa había sido la puerta de ingreso de Rocío. Por casualidad conoció al rubio que todas ellas tenían en los posters de sus habitaciones, pocos días antes de pasar a la inmortalidad. A decir verdad no había sido un encuentro especial, sino uno de esos exquisitos momentos en que la vida regala una oportunidad imprevista, que luego puede ser contada y deformada a falta de testigos. Fue en su barrio (vivían a pocas cuadras), en un baldío donde había visto entrar, tambaleante, a su ídolo. Rocío se acercó y él la había pedido que le ayudara a picarse. Ni más ni menos. No le había pedido, ni le había sugerido un pinchazo juntos. Sólo dijo: “ayúdame que no puedo”. Claro que con palabras más difíciles, más arrastradas y enlodadas, que ella no había dudado en estirar, acomodar y desdoblar para contarles a las chicas del grupo una historia en la que su héroe le había pedido que le inyectara la dosis máxima, y que ella había obedecido y colaborado, desde el punto en que hay que darle fuego al a cuchara y fundir la heroína, hasta el pinchazo del vuelo final. Rocío incluso les había mostrado el encendedor con que lo había hecho.
 
Dos días después, el muchacho del póster se convertía en mártir y Rocío entraba al círculo de las suicidas. La prueba del encendedor fue suficiente para que pudiera participar de todas las reuniones bajo la escalera, y de las largas conferencias telefónicas que practicaban cada tarde al caer el sol. A esa hora, encerradas en sus cuartos, hablaban de cómo le pondrían fin a sus vidas. Eran charlas íntimas que, cuando todo terminó, con la grabación en manos de los fiscales, podría haber servido de argumento a una obra maestra del terror psicológico: seis niñas de diez años viéndose a ellas mismas desmayadas en un sillón, con la respiración débil y el pulso cayendo en picada hacia el pozo oscuro de la muerte; o bien vestidas con un jumper de tablas, el pelo tirante y atado en una cola larga y bien peinada, solas en su habitación, viéndose en el espejo levantar un revólver negro y brillante, llevándolo a sus sienes y descerrajando los sesos sobre almohadones rosados, peluches rozagantes y mullidos, el póster del rubio con su guitarra; o saltando sin dudar delante del tren en el momento en que el subterráneo entra en el andén con un chirrido parecido un latigazo de acero; o hundiéndose en el mar hacia un hermoso atardecer de postal; o tomando carrera por el living del departamento y lanzándose en caída libre sobre las copas de los árboles, en un último y vertiginoso descenso hacia el asfalto.
 
Pero cuando Rocío entró al grupo, ni los padres de las chicas se lamentaban, ni la policía indagaba a sus amigos, ni las maestras daban clases frente a un aula en la que habían quedado cinco vacantes. En ese entonces, el juego nada más consistía en aparentar. En tener la mente más retorcida para imaginar la propia muerte y descollar en ese perverso juego de inventarse un suicidio delicioso. Rocío se había demostrado especialmente buena a la hora de los detalles. En una oportunidad llegó a narrar con precisión fílmica cómo un colectivo de la línea 60 la arrollaba en el tramo final de Libertador, en el que aceleraban sobre una larga recta. En el relato, Rocío había sido capaz de contarle a sus amigas, que la observaban aleladas, el frente del colectivo, los colgantes y adornos de peluche, la cara del chofer mientras miraba sin mirar la calle despejada. Las había envuelto hábilmente en la historia, hasta llevarlas a un instante final, cuando el rugido del motor ya las aturdía. En ese instante, la Rocío del relato corría en dirección en perpendicular a la trayectoria del ómnibus, recibía un impacto como de un martillazo colosal, e iba a parar bajo las ruedas para terminar destrozada unos 30 metros atrás del vehículo. Claro que de un relato así se salía con un parpadeo. Y eso fue lo que hicieron sus amigas cuando lograron superar el empalago y vieron que Rocío las miraba con un brillo opaco en los ojos.

 
Los cuentos de suicidas no tardaron en arraigar un deseo real en la conciencia de las amigas. Los psicólogos luego lo explicaron bien: el cambio hormonal, las primeras oposiciones a sus padres, la inconciencia y la proyección narcisista de un final en el que ellas gozaran de un rol protagónico y distinguido. Sin embargo, no pudieron hallar nada que indicara que eran chicas excluidas o alejadas del cuidado o el cariño de sus padres y maestras. Ni tampoco, sobre los oscuros motivos que impulsaron a Rocío a obrar como lo hizo.

En el otoño de 2009 las amigas cerraron un pacto suicida. Fue por medio de una declaración que firmaron todas. En ella le comunicaban al mundo su decisión de abandonarlo. Así de simple: como quien cambia de carril en una avenida, ellas estaban dispuestas a abandonar el carril del mundo para dedicarle su muerte virginal, como un acto escénico de una belleza singular. La nota nada decía de sus razones, ni tampoco los expertos pudieron leer en la bonita caligrafía de Rocío señas o motivos pare explicar lo que finalmente sucedió.

Los pormenores los trazaron con habilidad. Compraron, cada una por separado, medio litro de nafta por vez y los guardaron en el baldío a dos cuadras de la casa de Rocío, el mismo en donde el rockero le había pedido a ella que le pinchara heroína directo a sus venas azules. No fue difícil. Tras de unas chapas oxidadas, depositaron las botellas hasta juntar casi ocho litros de nafta. Luego consiguieron las ropas adecuadas: unas túnicas blancas, como las que usan los yudokas. En esto demostraron tener muy claro su objetivo. No compraron lana, que no hubiera encendido, sino que buscaron una prenda de algodón crudo, para que absorbiese el combustible y las transformara en una antorcha humana que ardiera hasta consumir la última fibra de la prenda.

La fecha la eligieron sorprendentemente al azar. El 4 de mayo cada una de las amigas dejó la nota en su hogar, debajo de la almohada, como para que sus padres tardaran en hallarla, pero no lo suficientemente escondida como para que pudieran pasar varias horas desde que descubrieran su ausencia. Llevaron de común acuerdo una bolsa en la que guardar sus ropas cuando se cambiaran, y a última hora de la tarde, cuando el sol ya no iluminaba las nubes del cielo, emergieron por detrás de los chapas, ataviadas, y con una botella de nafta en cada mano. Una vecina que presenció este momento, dijo que se “parecían atletas” saliendo a una contienda y que, precisamente por ello, desde la terraza en la que estaba, decidió prestarle atención.

Cuando llegaron a la mitad del baldío destaparon las botellas y, entre risas triunfales, comenzaron a rociarse el combustible en lo que debió ser una escena alucinante. Cada una vaciaba las botellas sobre su cabeza y se reía. La testigo dijo creer que estaban jugando, aunque como no era época de carnaval, llamó a otra vecina para que observara ese insólito momento. Juntas contemplaron la escena, tal como declararon cuando se presentaron voluntariamente a la comisaría: primero, el chapoteo de las niñas en un charco que, curiosamente, se secaba rápido, y luego, el momento en que acercándose entre ellas, comenzaron a toser, impedidas para respirar en esa atmósfera esterificada.

Fue un instante, nada más: Rocío alzó el encendedor al cielo y le dio llama a las amigas que formaban el mismo corro del colegio. El fuego las abrazó a todas como un torbellino negro e incandescente, que no tardó en formar un hongo de varios metros de altura. Las vecinas lo vieron elevarse, horrorizadas, mientras las niñas comenzaba gritar, un chillido agudo y estridente que al instante fue desgarrador, y que se extendió por unos pocos segundos mientras corrían desesperadas por el baldío como antorchas humanas hasta cada una fue cayendo al suelo formando bultos negros y humeantes. Todas, menos una: Rocío las observaba de cerca. Las oyó gritar y crepitar como en un incendio, mientras apretaba con fuerza el encendedor en su mano.

En su declaración posterior, la niña contó todo con espeluznante lujo de detalles. Cómo las había convencido que sería una muerte hermosa, cómo había conseguido los primeras botellas de nafta y cómo, al final, se había rociado con agua mientras las otras se embebían en combustible, para convertirlas en antorchas humanas. En su declaración, también dijo, que nunca había visto una muerte más hermosa y que lamentaba no haberlas seguido. Agregó, sin embargo, que para ella aún quedaba tiempo y que planearía la suya propia de una forma más hermosa y perfecta.

2 comentarios:

Matias dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Leticia dijo...

Muy bueno Joaquín, no sabía que tenías estas aptitudes literarias. Te invito a dar una vuelta por mi blog www.paparuladas.blogspot.com

Abrazo,
Leticia