1 de septiembre de 2009

Alto de las arañas



(mi cámara no era la mejor, pero se pueden ver las arañas en el contraluz)

De todos los viñedos que he visitado, ninguno me ha sorprendido tanto como uno ubicado en los valles arequipeños, en el Sur de Perú, al que llegué en 2005 como corresponsal de la Guía de vides y vinos Asustral Spectator. Se trataba de una pequeña bodega productora de Pisco llamada La Joya, instalada en nuevos regadíos ganados al desierto de altura y hecha con el más absoluto fruto del pulmón humano.
Llevábamos una buena hora y media conversando con Octavio Torres de la Gala, su propietario, y por alguna razón, notaba, este ingeniero mecánico cincuentón prefería aplazar la visita al viñedo. Se hacía tarde, el sol ya teñía la fina arena del suelo como si fuera una porosa cáscara de naranja, cuando me puse de pie y le pedí que fuéramos a ver la viña. Pronto tendría que partir.
La pregunta que me hizo fue de lo más inesperada:
–¿Le tiene miedo a las arañas?
Me tomó un segundo interpretarla.
–¿A qué se refiere, exactamente, con miedo a las arañas? ¿A algún tipo en particular?
El hombre me miraba evidentemente incómodo.
–Muchas, muchas arañas –dijo.
–En ese caso será digno de ver, supongo.
Y partimos cuesta arriba por El Fundo El Denuncio, como se llama el viñedo, hacia el paño de vid que se extendía al pie de una blanda loma, unos trescientos metros cerro arriba, en la más completa y desnuda aridez.
Antes de llegar al viñedo, Torres de la Gala cortó una vara de un cardo seco y me aconsejó que hiciera lo mismo. En ese momento tenía en mente la escena de Indiana Jones buscando el Arca Perdida en una cueva oscura, en la que unas arañas grandes como manos desciende lentas por las paredes. Veinte metros antes de la viña la película se deshizo en una imagen más contundente: las plantas estaban cubiertas por una niebla blanca. Completamente cubiertas, apenas nevadas por telas de araña que formaban nudos acá o allá.
Nos miramos.
–Se lo dije.
Se atajó el productor. Miles, miles de arañas del tamaño de una moneda deambulaban por el piso, se dejaban caer suaves desde un brote con las patas duras y abiertas y, llevadas por el viento, describían círculos amenazadores en su vuelo. En cuanto a su tipo, a simple vista se distinguía que eran grises, moteadas y culonas.
–¿No son venenosas, verdad?
–Qué va –sonrió Torres de la Gala-, son bien mansas. Si todavía quiere entrar, lleve la vara delante.
Avanzábamos envolviendo las telas como hacen esas gimnastas que dan vida a una cinta, sólo que cada tanto debíamos golpear el palito en el suelo y deshacernos de las arañas que comenzaban a escalarlo. En cuanto a las que correteaban por el camellón y los surcos, intentaba esquivarlas, pero la sensación de que ascenderían por las zapatillas era de lo más persecutoria. No ahorré víctimas y pisé unas tres docenas. Me parecía oír el crujido bajo mis suelas.
Cuando emergimos de ese mundo confortable sólo para Peter Parker, nos sentamos en un lagar de hormigón, apenas elevado sobre el viñedo. Torre de la Gala dijo que la invasión se repetía todos los otoños y que llegada la primavera se iban. Entre los siete años que llevaba al frente de la Joya lo había intentado todo: químicos, fuego, agua. Las arañas volvían puntuales cada temporada y cubrían el viñedo y allí se reproducían. Nadie sabía explicar el fenómeno y los técnicos de la Universidad de Arequipa estaban tan desconcertados como él: los cultivos cercanos de pimientos, tunas para cochinilla y cientos de hectáreas con sandías escapaban por completo al asedio. Sólo la vid, dijo, parecía atraerles.
El sol se había puesto ya en las montañas cercanas y el volcán Misti, a nuestra espalda, conservaba el último tramo de su afilado cono iluminado. Cuando Torre de la Gala me dejó en el poblado cercano ya era de noche. Antes de subir al bus el hombre me dio un fuerte apretón de manos y deslizó en el mismo acto una botella de su azarado pisco.
–Gracias por venir –dijo– ha sido muy valiente al entrar al viñedo. De todos modos le pido disculpas.
No recuerdo qué fue lo que respondí, pero seguro fue un no se preocupe, ha sido usted muy amable. Ahora que escribo este relato sobre la asombrosa geografía del vino, pienso en los muchos productos que toman el nombre de cosas insólitas. Pienso en el famoso Alto Las Hormigas y no puedo menos que sonreír: quizás algún día encuentre en un escaparate un Pisco llamado Viña Arañas.

(Si pinchás acá encontrarás el lugar exacto donde tuvo lugar esta crónica)

3 comentarios:

VirginiaK dijo...

Buen relato hidalgo!

joaquín dijo...

Gracias Chover!

WB dijo...

amigo, excelente crónica! ya sabía yo que a las arañas le gustaba empinar el codo. la verdad, es un placer leer algo original y bien escrito en medio de todo el chamuyo vitivinícola de hoy día. felicitaciones!