8 de noviembre de 2009

Diez días claves en la vida de un amante del vino




Día uno. Hay un primer momento en que el bebedor de vinos despierta a un mundo nuevo: cuando se da cuenta que pagar una moneda más por un vino le da mucho más placer. En ese momento empieza a formar el paladar y el vértigo por lo desconocido le hace cosquillas en el estómago y los bolsillos. Rápidamente pasa de invertir 7 pesos a 15, 20 pesos (precios de hoy), descubre la diferencia y comienza un camino sin retorno.
Día dos. En la carrera por conocer sobre esta bebida hay otros hitos importantes: por ejemplo, el día en que descubre que un Malbec le recuerda a las ciruelas pasas de la infancia. No podría decirlo con claridad, pero sabe que aparecieron dentro de su cabeza cuando olisqueó el filo de la copa. Es ahí cuando el amante del vino atraviesa el umbral de la percepción y de ahí en más sus sentidos exploran para conocer.
Día tres. Una jornada clave, consecuencia del primera, es cuando descubre que pagar mucho no es garantía de mejores vinos. Suele ser un momento frustrante, una toma de conciencia o el reconocimiento de un límite. Y en ese punto (el techo hoy está en torno a los 100 peso) el buen bebedor de vinos llega a un certeza: debe afinar la puntería y ajustar el gasto a la calidad.
El día cuatro, un vino cualquiera le rompe la cabeza. A menudo es un imprevisto, una botella sin fama que la preceda que ni siquiera eligió él. Pero le alcanza con probarla para sentir que está ante algo nuevo y leyendo la etiqueta vuelve a sentir el vértigo en el estómago. De esos vinos suele decirse que son amores de verano, porque dan ganas de más aunque se terminan.
Quinto día. A poco de ese reencuentro con el gusto, en una feria de vinos, un sommelier lo desdice: “no señor, donde usted percibe peso, hay liviandad; donde asegura frescura, hay morbidez”. Opacado frente al conocimiento ajeno, el amante del vino piensa que no ha aprendido nada de nada. Esta herida narcisista es un punto necesario en la búsqueda del gusto personal.
El sexto, llega la revancha. En una cena cualquiera aparece otro que la viene de entendido. Enseguida el amante del vino escucha el mismo salmo, las mismas estrofas de un rezo monótono de siempre, ahora sobre una botella que recibe elogios y aplausos. Esta vez no se deja vencer. Con la seguridad de quien ha probado y conoce, hace caso omiso a la cancioneta y observa qué botella se termina primero: sabe que esa será la mejor, con mucha menos palabras.
Día 7. La locura de comprar, probar, comparar y asistir a ferias para probar, comparar y comprar encuentra al amante del vino algo aburrido. Es cuando circunstancias externas al vino le devuelven la pasión. Una noche comparte una copa equis con alguien especial, y un varietal anodino pasa a ser recordado con luz. En ese momento se acciona otro gatillo del conocimiento: las cosas saben mejor cuando las cata el corazón.
Octavo día. En este camino de autoconocimiento, el octavo día clave se encuentra frente a una góndola buscando una etiqueta que fue bien recibida por la crítica. Lo encuentra, tiene la botella entre manos y la inspecciona con respeto, aunque finalmente abandona la empresa: hoy tiene ganas de tomar uno que le gusta mucho, no de probar otro que dicen que está bien. Cuando reconoce qué le gusta, el amante del vino casi ha completado los diez días esenciales en su vida de conocedor.
Día 9. Con la pasión crecida y atemperada, el amante del vino una tarde descubre en una vinoteca una marca y cosecha que le gustaba mucho cuando empezó este camino y que había olvidado por completo. La recuerda con cariño y la compra con curiosidad: comprobar el paso del tiempo es algo que siempre deslumbra. Y si bien puede que esté ajerezado (sería el fin justo a un mal envejecimiento) eso ya no le importa: aprendió cosas, y el reencuentro es lo que valora este día.
Décimo. Una tarde, mucho tiempo después, se encuentra leyendo en una revista el Top 100 de los mejores vinos del año. Del centenar, sólo reconoce una decena y se desanima. Es ahí cuando una última verdad lo ilumina: jamás probará todos los vinos del mundo, como nunca podrá cumplir todos sus sueños. Con esta nueva certeza, ya en paz, termina de leer el ranking, descorcha una de sus etiquetas favoritas y, justo cuando estaba por servirla, termina la nota.

7 comentarios:

Laureano dijo...
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Laureano dijo...

Joaquín, muy buena nota y creo que tranquilizaste a unos cuantos obsesivos. Yo, por mi parte, no creo haber pasado más de un par de estos días, y desordenadamente. Saludos!

Carola dijo...

Genial, inevitable analizarse para saber dónde está uno mismo parado (si existe tal cosa como estarse parado en un lugar). Y más me gusta pensarlo como alegórico de la propia existencia, que termina justo cuando reconocemos con indolencia que jamás leeremos todos los libros, ni veremos todas las películas, ni besaremos todos los besos, ni haremos todo el bien o todo el mal que habríamos querido. Y terminamos ahí, descorchando nomás una de nuestras etiquetas favoritas. Y esperamos el fin.

joaquín dijo...

Gracias, gente. Es así, nomás. Como dijo Carola, el problema es cuando llega la resignación; con eso no hay mucho más que hacer que hacer mucho, que es una forma más de lo posible.

espero verlos por acá, que pronto actualizaré con dibujos.

Anónimo dijo...
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Matilda dijo...

Bravo Joaquin!, me hiciste desempolvar cada uno de esos momentos, (a modo de fotografias mentales) en el que a los que dejamos cautivar nuestros sentidos, seducidos por los placeres del vino, nos adentramos a un mundo de sensaciones y recuerdos que sólo cada uno puede explicar.
Y si es posible con un Malbec, copa en mano, de Los Cardos.

Saludos!

Joaquin Hidalgo dijo...

Matilda

me alegra mucho saber que pudiste revivir cosas con solo leer una nota. El escritor ha triunfado. Vivan las letras!

Salú!